¿POR QUÉ MITT ROMNEY NO HABLA DE SU FE EN LA RELIGIÓN MORMONA?

Todas las doctrinas religiosas tienen algo de extraño, por supuesto, pero dado que el mormonismo es tan nuevo, sus orígenes están menos escudados en la bruma del tiempo.

Cuando se investiga y se descubre que los mormones creen, por ejemplo, que Jesús visitó América después de su resurrección, que su regreso tendrá lugar en Jackson County, Missouri, o que Dios es un ser humano con un cuerpo físico, uno se detiene en seco.

Cuando se descubre que el fundador de la religión fue un timador convicto que decía recibir revelaciones provenientes de ilustraciones sacras enterradas que nadie más podía ver o traducir, te detienes un poco más.

Y cuando se sabe que los mormones creen que hace dos milenios en América vivían varios grupos extraños conocidos como los Nefitos y los Lamanitos, de los cuales no existe ninguna evidencia arqueológica, suena la alarma.

Sin embargo, justo es decirlo, estas creencias raras son comunes a todas las religiones.

La propia iglesia católica cree que la Virgen María fue elevada físicamente hasta el Paraíso. Así que ¿quién puede estar libre para lanzar la primera piedra contras los mormones? ¿algún otro competidor que se ufane de tener hilo directo con Él?

Además, la brutal persecución que los mormones sufrieron en Estados Unidos en el siglo XIX también hace recordar lo venenosa que es la intolerancia religiosa.

Así que ninguna persona decente quiere plantear el aspecto religioso como un tema dentro del debate político. Y sin embargo, ¿cómo puede eludir ese tema Romney?

La extrema derecha ataca abiertamente a Obama y lo acusa de ser musulmán.

La invocación a Jesús y de Estados Unidos como una nación cristiana es rutina en la forma republicana de hacer política.

Más aun, el Presidente es más que una figura política convencional. Él es la cabeza del Estado; él simboliza al país de una forma en que ningún primer ministro puede hacerlo en Inglaterra.

Y si un mormón se convirtiera en Presidente de Estados Unidos, sería un momento cúlmine para la Iglesia de Cristo Jesús de los Santos de los Últimos Días.

Ya está entre las religiones de más rápido crecimiento a nivel mundial; el prestigio y la legitimidad que le darían la Presidencia de Estados Unidos es incalculable.

Asimismo, ver al Presidente asistir a un templo mormón un domingo en la mañana sería… bueno, sería un cambio cultural tan grande como un hombre negro en la Oficina Oval.

El sólo hecho de que eso sea concebible puede ser visto como una muestra de la tolerancia estadounidense.

Pero hay preguntas legítimas que deben ser planteadas.

¿Cómo interactúa la fe de Romney con la política?

¿Su énfasis en el ahorro y la familia se ve reflejado en las visiones sociales de Romney?

¿Cree él que la Constitución de Estados Unidos fue traída por Jesús con el fin de crear una polis en la que la iglesia restaurada pudiera prosperar?

El mormonismo se diferencia de otras iglesias cristianas en algunos aspectos fundamentales. Tiene templos a los que no pueden entrar los no mormones. ¿Estaría bien que el Presidente desapareciera al interior de un recinto religioso secreto para realizar ritos secretos, fuera del alcance del escrutinio público? ¿Iría el 10 por ciento de los ingresos del Presidente, provenientes de las arcas fiscales, a la iglesia?

Una vez que se inician estas preguntas -como se haría con un candidato de cualquier otra fe-, se puede llegar a lugares complicados.

Romney tendrá que enfrentarlas en algún momento y mientras más espere, más probable es que el tema se escape de su control para entrar en el terreno de la intolerancia o la ignorancia.

Kennedy tuvo que tomar al toro por las astas con el catolicismo, pero Romney está atrapado.

Si declara, como Kennedy, que la iglesia y el Estado están infranqueablemente separados, su propio partido reclamaría.

Si él pone el tema en el tapete y lo legitima, las doctrinas del mormonismo podrían dominar el debate y hundir su candidatura.

De ahí el extraño e incómodo silencio. En algún momento, seguramente, se romperá. Romney debería ser quien lo rompa. Y pronto.