LIBRO ATRIBUYE NUESTRA POBREZA A HABER SIDO CONQUISTADOS POR ESPAÑOLES CATOLICOS

El sociólogo concertacionista Eugenio Tironi comenta en El Mercurio que el libro de Daron Acemoglu y James Robinson “Por qué fracasan las naciones” plantea la tesis de que los países exitosos son los que tienen instituciones sólidas e “inclusivas”, como Estados Unidos, y los fracasados los que carecen de ellas, como los latinoamericanos.

¿De qué depende que surjan tales instituciones? De características de quienes fueron los conquistadores y de quienes fueron los dominados.

Los británicos que llegaron a América, igual que los españoles y portugueses, no lo hicieron para trabajar ellos mismos -como lo hacían en la Europa de la que arrancaban-, sino para que lo hicieran otros por ellos.

Los segundos (españoles y portugueses) lo consiguieron.

Se toparon con una alta densidad de población indígena que contaba, además, con culturas centralizadas y jerárquicas.

Esto último facilitó la tarea de dominarlos por la vía de engañar y cooptar a sus líderes (y después, muchas veces, matarlos) y de tomar el control de los métodos de tributos y de uso forzado de mano de obra que ya existían.

La Iglesia Católica y la Corona les impusieron la obligación de evangelizar a la población indígena, pero en su beneficio se hallaron con la posibilidad de utilizarla como fuerza de trabajo, pues la había en abundancia y soportaba ser encuadrada y disciplinada.

De este modo, el estímulo económico fue al menos tan importante como el religioso para explotar a los indígenas en vez de exterminarlos.

Los británicos llegaron a América casi un siglo después. No es que llegaran movidos por el culto al trabajo que se imputa al “espíritu protestante”.

Su modelo de colonización era el mismo de los españoles y portugueses: capturar a los jefes indígenas para obtener que sus súbditos trabajaran para ellos a cambio de comida y seguridad.

Pero no anduvo.

Los colonizadores británicos se encontraron con escasa población nativa y con culturas indígenas que carecían de un control político centralizado, lo que las hacía inhábiles para soportar el trabajo bajo disciplina e inútiles como fuerza de trabajo.

“El modelo de colonización que había funcionado tan bien para Cortés y Pizarro -dicen los autores-, simplemente no podía funcionar en Norteamérica”.

¿Qué tuvieron que hacer, entonces, los colonos británicos para subsistir? Un infierno: ¡trabajar ellos mismos! Si no todos, al menos algunos de ellos, a cuenta de la élite colonial.

Por eso mismo, su política de poblamiento se orientó a traer desde Europa gente que pudiera trabajar, no soldados ni aventureros que sólo deseaban “hacerse la América” explotando a los indígenas.

Los británicos que trabajaban para otros británicos exigieron incentivos y condiciones de equidad, como en su Europa natal.

Esto dio origen a esa sociedad de tipo igualitaria y gobernada por instituciones que los autores ponen como ejemplo: los Estados Unidos.

En la América ibérica, en cambio, la explotación de la población indígena creó un tipo de sociedad marcadamente desigual y aristocrática, cuya sombra se proyecta hasta nuestros días.